BOHEMIOS, RAROS Y OLVIDADOS

lunes, 13 de mayo de 2013



El mamotreto que ahora me ocupa fue publicado por el Ayuntamiento de Lucena, y contiene las conferencias y "comunicaciones"(sic) que se dictaron en el Primer Congreso Internacional sobre "Bohemios, Raros y olvidados",celebrado en dicha ciudad de Córdoba entre el 4 y el 7 de noviembre de 2004. En poco más de 800 páginas, este libro intenta rescatar del olvido a ciertas "antihéroes" literarios(españoles y latinoamericanos) que hoy en día sólo figuran en los posos arqueológicos de la literatura. Contra lo que pueda parecer, al Congreso no acudieron los raros y bohemios de hogaño sino catedráticos y profesores de diferentes países, desde Estados Unidos, Gran Betraña hasta Cuba. Por citar a los más conocidos: Luis Antonio de Villena y José Luis Morante.
Qué tal si desgranamos la nómina de "fracasados ilustres": Ciro Bayo, Angeles Vicente, Enrique Gutierrez-Solís, Eva Canel, Cristóbal de Castro, Isaac Muñoz, Federico Canalejas, Gerardo de la Puente, Federico González, María Teresa León, Juan Gil-Albert, Emilio Carrere, Ramón Goy de Silva, Rosario Acuña, Joaquín Belda, Jacobo Sureda, José Manuel Poveda, Rubén Martínez Villena...
Como bien dice Luis Antonio de Villena en su trabajo sobre Gil-Albert
"muchos raros son claramente autores menores y quienes los defendemos lo sabemos muy bien. Pero menor(otro concepto a debatir) no quiere decir prescindible o falto de interés, a veces todo lo contrario
. Y pone un ejemplo interesante:
"No hay duda de que las novelas de Miguel de Unamuno son, literariamente, mejores que la de su parcial coetáneo Alvaro Retana. Ahora bien, el mundo que pinta y atrapa Retana jamás aparece en Unamuno, que detestaba ese género de literatura a la que denomina, en un artículo de 1902, insoportable literatura parisiense.hablando del erotismo morboso que esa literatura francesa exportó enseguida a media Europa."

De todos los autores citados, hay algunos que, de ninguna manera yo podría considerar "menores": Ciro Bayo, Isaac Muñoz, el propio Gil-Albert y el poeta cubano José Manuel Poveda. Son excelentes escritores que incluso han sido imitados y-si me apuran-plagiados(Por ejemplo: el libro "Viaje a la Alcarria" de Camilo José Cela se parece sospechosamente a ciertos libros de Ciro Bayo). Los demás, ciertamente han sido personajes que en su época publicaron mucho, algunos con bastante éxito, pero que el tiempo los ha ido ubicando en su lugar. Ni todos fueron "raros", ni todos bohemios. Tampoco acabo de entender la presencia de Juan Manuel de Prada en esta compilación, a no ser que sea un candidato a la constelación de los olvidados ilustres.
El olvido, las más de las veces, no engaña.
Volviendo al mamotreto: no todos los trabajos son realmente interesantes. Yo destacaría el ensayo que abre el volumen: "Bohemios, raros y liliales: la complicada historia del artista finisicular",de Richard Cardwell(Universidad de Nottingham,Reino Unido), un soberbio análisis sobre la influencia de Lombroso y Max Nordeau-dos médicos famosos por sus libros sobre la psicopatología del genio artístico- en el modernismo hispanoamericano. Muy bueno también el estudio de Maria del Carmen Simon sobre el epistolario de Eva Canel con el Conde de Navas. Excelente el de Lily Litvak(Universidad de Austin,Texas) sobre la figura de Ciro Bayo; y el de Amelina Correa(Universidad de Granada) sobre el escritor orientalista granadino Isaac Muñoz...
Lo cierto es que leyendo mamotretos como éste, uno se entera de que existieron figuras como la cántabra Eva Canel, una especie de León Bloy con faldas, que se pasó la vida insultando a todos los escritores y escritoras habidos y por haber desde Blasco Ibañez hasta Concha Espina. Al primero, Eva Canel llegó a llamarlo: "Fiasco y Báñate". Otro nombre rescatado: Ángeles Vicente, al parecer la primera escritora en España que abordó el tema lésbico y que, además, era ocultista. Uno agradece también que se rescate la figura de ese gran bohemio madrileño, ese Quijote que cabalgó entre los siglos XIX y XX, que fue Ciro Bayo, el Peregrino Gay de "Luces de Bohemia",de Ramón Valle-Inclán.

"Bohemios,raros y olvidados"
©Coordinación y edición de Antonio Ruiz Casado
Diputación de Córdoba, Ayuntamiento de Lucena
2006



HISTORIAS EN LA PALMA DE LA MANO, DE Y. KAWABATA.

martes, 26 de febrero de 2013


Así define Kawabata esta obra que reúne más de cien cuentos escritos entre 1923 y 1972,el año de su muerte:
"Muchos escritores, en su juventud, escriben poesía; yo, en lugar de poesía escribí los relatos que caben en la palma de la mano. Entre ellos hay piezas irracionalmente construidas, pero hay varias buenas que fluyeron naturalmente de mi pluma, con espontaneidad...El espiritu poético de mi juventud vive en ellas."
Y el espiritu cinematográfico. De hecho, Kawabata fue coguionista de Una página de locura(1926), película de Kinugasa Teinosuke, hoy considerada un clásico del cine mudo japonés.
En el arranque del cuento "Peces de colores en la azotea" se puede apreciar esta fascinación de Kawabata por los efectos visuales del cine:
Había un espejo grande en la cabecera de la cama de Chiyoko.
Cada noche, al soltarse el cabello y hundir la mejilla en la almohada, se observaba detenidamente en el espejo. La visión de treinta o cuarenta peces de colores cabezas de león aparecería, como rojas flores artificiales sumergidas en un tanque de agua. Algunas noches también la luna se reflejaba en ellos.
Pero la luna no brillaba en el espejo a través de la ventana. En realidad, Chiyoko veía el reflejo de la luna sobre el agua de los tanques en el jardín de la azotea. El espejo era una ilusoria cortina de plata. A causa de esta mirada aguzada, su mente tenía el mismo desgaste que la púa de un fonógrafo. Sintiéndose incapaz de dejar la cama, allí se hacia irremediablemente vieja. Sólo su cabello negro, esparcido sobre la almohada blanca, retenía su juvenil esplendor.


En este libro desfilan todos los temas preferidos por Kawabata: lo autobiográfico condimentado con pinceladas grotescas, surrealistas, oníricas, eróticas,psicopatológicas... Resulta asombroso la capacidad del escritor para absorber todas las influencias de la literatura occidental y fundirlas con los temas tradicionales de la cultura japonesa, desde ,un simple sushi hasta lo puramente religioso que emana del budismo o el shintoísmo. El cuento que abre el volumen, por ejemplo, es una genial variación de la famosa memoria involuntaria de Proust.
Ya que menciono el sushi, se me antoja comparar estas miniaturas de Kawabata con esa modalidad del arte culinario japonés:así como es muy difícil lograr un perfecto equilibrio entre lo crudo y lo cocido, también lo es alcanzar ese equilibrio entre lo racional y lo irracional, entre lo crudamente real y lo puramente fantástico.
Yasunari Kawabata lo logra en este libro.
Nunca ocultó el Premio Nobel oriundo de Osaka su preferencia por el género corto de la narrativa, a pesar de escribir magníficas novelas como "País de Nieve" o "Lo Bello y lo Triste" o su célebre nouvelle"El palacio de las bellas durmientes". De hecho, el último cuento que Kawabata escribió en vida, al parecer, poco antes de suicidarse fue una versión muy abreviada de "País de Nieve". Normalmente, los escritores realizan el proceso contrario: convierten cuentos en novelas. Y no siempre con fortuna.

©Historias en la palma de la mano, de Yasunari Kawabata, Emecé,2005. (Traducción de Amalia Sato, bastante buena, por cierto).

EL SECRETO DE JOE GOULD, DE JOSEPH MITCHELL


Joseph Mitchell(1908-1996), un célebre reportero de The New Yorker, se especializó en perfiles literarios que retrataban desde estrellas de Broadway hasta domadores de circo. Un día conoció a un yanqui llamado Joe Gould oriundo de una ciudad cerca de Boston.
Era miembro de una de las familias más antiguas de Nueva Inglaterra y su padre, un médico de renombre, quería que su presente fuera el futuro de su hijo, pero Joe Gould no quería ser médico ni nada, sólo soñaba con marcharse de su pueblo, de su casa. "Donde siempre me he sentido en casa es Nueva York-decía-con los chalados, los proscritos, los marginados, los náufragos, los eclipsados, los malogrados, las eternas promesas, los desgraciados, los impotentes y los sabe dios qué."
En Nueva York encontró un empleo de recadero en un periódico aunque lo que buscaba era ser crítico de teatro. Sin embargo, una mañana de verano de 1917, hojeando libros en una librería de viejo se tropezó con una frase de Yeats: "La historia de una nación no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que la gente se dice en dias de fiesta y de trabajo y en cómo cultivan, se pelean y van en peregrinación". De repente, se le ocurrió la idea de escribir una Historia Oral de nuestro tiempo, un libro que recopilase aleatoriamente "conversaciones brillantes y conversaciones bobas, insultos, réplicas, comentarios groseros, retazos de discusiones, el parloteo de los borrachos y los locos(...), las proposiciones de las prostitutas, las peroratas de los charlatanes,etc..."Decidió que su proyecto era incompatible con trabajar, renunció a su empleo y a cualquier empleo estable que le robara tiempo a su Historia Oral. Y así empezó su vida de vagabundo escritor, sufriendo durante más de cuarenta años lo que el llamaba la Trinidad: intemperie, hambre y resacas, viviendo de "aire, amor propio, colillas, café de vaquero, sandwiches de huevo frito y ketchup." Por otro lado, se consideraba a sí mismo como una autoridad mundial en la lengua de las gaviotas traduciendo al "gavioto" poemas célebres de la literatura norteamericana, convencido de que Longfellow-decía-se dejaba traducir perfectamente al gavioto. Su titánico esfuerzo de escribir su Historia Oral fue de boca en boca hasta llegar a los oídos refinados de Ezra Pound y de Cummings(éstos se apuntaban a todo)quienes lo elogiaron y contribuyeron a la Fundación Joe Gould e incluso publicaron un par de fragmentos en la revista Dial.
Pasaban los años, y la obra iba tomando dimensiones de superbiblia, pero nadie conocía de ella más allá de unos pocos fragmentos que Gould reescribía infinitamente en cuadernos escolares llenos de pringue. Entre ellos estaba un ensayo sobre "la espantosa adicción al tomate" que-según él-era la causa de la mayoría de los accidentes ferroviarios del país. En realidad, aquella magna obra existía más en la leyenda que en la realidad. Joseph Mitchell sospechaba la farsa y fue a por el secreto. ¿Existió o no la Historia Oral?.
Estas dos magníficas crónicas(distanciadas en el tiempo por más de veinte años)tratan de aclararlo. Mitchell va mucho más allá y logra diseñar un perfil literario sin parangón en la literatura, un personaje a la altura de un Don Quijote o un Charlot, la psicoanalización tiernamente despiadada del "último bohemio" obsesionado con escribir una especie de Tristam Shandy o un Ulisses, pero sin poseer el talento de un Sterne o de un Joyce.
El secreto de Joe Gould es una parábola sobre esa manía esquizotípica de los que se pasan la vida simulando escribir una obra maestra para la posteridad sin llegar nunca a cristalizarla, sin ir más allá de los límites que impone su auto-leyenda. Más allá de estos límites, supongo, está la locura o el sol negro de la melancolía.

(2008)

LIBROS RAROS

viernes, 22 de febrero de 2013




Paseando por la rive gauche, Quai Voltaire, me acerqué a uno de esos
puestos de bouquinistes junto al Sena.
Eché una rápida ojeada a los libros pues no tenía tiempo ni demasiado
dinero encima. Pero un grueso volumen de tapa dura, color carne, me
llamó la atención. En el lomo, con letras doradas y un tanto difusas por
el paso de los años, pude leer en inglés:
“Correspondencia entre James Joyce y Clarisse Dalloway(1928-1941)”
Era una edición de Hogarth Press, año 1953, con su ex libris y sus
hojas amarillentas. A primera vista, y primer pensamiento, pensé que
se trataba de un ensayo sobre la correspondencia de los estilos litera-
rios de Joyce y Virginia Woolf. Pero comencé a hojearlo y, efectiva-
mente, se trataba de cartas cruzadas entre un personaje real y otro
personaje de ficción. Bah, esto seguro es una boutade literaria de
algún bromista intelectual parisino, un admirador de Georges Perec.
Sin embargo, observé que contenía un breve prólogo de Leonard Woolf
que también se había encargado de compilar toda la correspondencia.
Leí algunas cartas, y aquello tenía el aroma de algo auténtico y revelador.
Entusiasmado ante tal hallazgo bibliográfico, le pregunté al bouquiniste
(un anciano de ojos azules, boina gris, con acento de Quebec) el precio
del libro. Lo examinó como un experto, lo desempolvó un poco y, al
mismo tiempo que ladeaba y reladeaba su boina como un maniático,
disparó: cuarenta euros…Quedé sorprendido, esperaba una cifra en
torno a los cien euros o más. Aún así, sólo tenía veinte euros en la
cartera, así que le dije al librero que me lo apartase unos minutos, que
iría a un cajero automático y volvería pronto, bientôt que possible…
Pero al regresar al puesto, primero me llamó la atención que no era el
mismo librero, aunque estaban los mismos libros: se trataba de un
senegalés con largas trenzas de colorines, gafas oscuras que refleja-
ban mi rostro, y un piercing de plata en el labio inferior. Sentado en un
taburete, parecía más interesado en vender unas postales antiguas
sobre París que los propios libros. Le pregunté por el anciano de boina
gris y por el libro que me había apartado. Le mostré los cuarenta euros.
El cielo plomizo y triste de París se reflejaba también en sus gafas
oscuras. Sonrió simplemente, movió los hombros de pura indiferencia,
caló profundamente de un pitillo que olía a yerba salvaje, y prefirió
atender a unos turistas japoneses que manoseaban postales antiguas
de Nôtre Dame…Decepcionado, pregunté en todos los puestos, a todos
los bouquinistes, pero nadie sabía nada, absolutamente nada sobre
aquel libro ni sobre el anciano de ojos azules, con acento de Quebec.

KATHERINE Y VIRGINIA



Katherine y Virginia se conocieron en Londres y disfrutaron juntas comidas, cenas y veladas literarias. En común tenían ambas ser maníacas depresivas y maníacas de escribir prosa, diarios, cartas hasta el puro delirio esquizotípico. En ambas la pérdida de su hermano más querido desató una fuerza inspiradora y evocadora tal que las catapultó a lo más alto de la literatura. En ambas afloró una imaginación exaltada, una hipersensibidad hacia lo exterior, y una increíble capacidad de convertir esos destellos y sombras de lo exterior en un flujo narrativo cercano a la epifanía. Pero Virginia era, al decir de Barthes, una "operadora del lenguaje", una novelista que evolucionó de lo clásico hasta una vanguardia literaria comandada por ella misma, Eliot, Joyce... Katherine, por el contrario, siempre fue una escritora naif, una salvaje neozolandesa que sólo aspiraba a escribir relatos con la perfección de Chéjov y la naturalidad de Colette. La implicación con el feminismo de Virginia llegó a ser militante y obsesivo. El feminismo de Katherine, sin embargo, fue más bien impulsivo y catártico. Así como su lesbianismo o bisexualidad rara vez parecía superar los límites de una terrible "pulsión" como si ella misma hubiese sido una especie de Júpiter que nunca termina de parir o expulsar a Minerva de su frente. 
Katherine era siete años menor que Virginia, pero en cuanto a talento y madurez literaria, la primera estaba siempre por delante de la segunda. De hecho, si Virginia hubiese muerto a la edad de Katherine(34), sólo hubiese sido recordada por The Voyage Out, una muy buena novela pero que jamás podría compararse a grandes relatos de Katherine como Bliss y The Garden Party, por citar algunos.
Fue Virginia quien publicó en Hogarth Press el segundo libro de Katherine, Prelude , en 1918. El libro tuvo tan buena crítica que desató en la propia Virginia un terrible ataque de celos y rivalidad. Dos años antes Virginia había publicado precisamente su primera novela(The Voyage Out) que también fue bien acogida por la crítica, pero no con el mismo eco de Prelude..A partir de entonces, Virginia empieza a burlarse de las extravagancias mentales, corporales de aquella "salvaje" de Harori que todos los días se creía enferma a punto de morir, ya sea de un ataque al corazón o de tuberculosis. Incluso llegó a reirse en privado y públicamente de su desaliño indumentario. Al morir Katherine de tuberculosis pulmonar en 1923, Virginia escribió en su Diario:
Martes, 16 de enero: Katherine ha muerto hace una semana y cuán lejos estoy de obedecer a su "no te olvides demasiado de Katherine" que leí en una de sus viejas cartas. ¿La estaré ya olvidando? Resulta extraño seguir las huellas de la evolución de tales sentimientos. ¿Qué debería sentir una ahora? ¿Alivio? ¿Una rival menos?
(...)Cuando yo empecé a escribir, no le hallaba ningún sentido al hecho de escribir. Katherine no leerá esto. Katherine ya no es mi rival."

En esa mismo entrada, Virginia confiesa que había entre ambas cosas comunes que jamás encontraría en otra persona. Y tanto fue así que al leer el Diario inédito de Katherine, publicado y prologado por ella misma en 1927, allí encontró Virginia estos fragmentos que seguramente la inspiraron para algunas de sus obras fundamentales:

Y sin embargo todavía tengo esas "visiones" ante las que palidece todo lo que escribo-¿qué es lo que he escrito?-todo, sí, todo lo que he leído...Al volver a casa esta tarde, las olas y la espuma en las crestas, cómo quedaban suspendidas en el aire antes de caer. ¿Qué es lo que ocurre en ese momentode suspensión atemporal? Es un momento que contiene la totalidad de la vida del alma. Una se siente lanzada más allá de la vida, se siente "sujeta", y a continuación, lanzada contra las rocas; brillante, rota, resplandeciente, devuelta, parte de la marea oscilante.
No quiero ser sentimental. Pero mientras se está suspendida en el aire, sujeta, mientras contemplaba la espuma, tuve conciencia para toda la vida del cielo blanco con su entramado gris desgajado sobre él, del mar fugitivo, deslizante, escurridizo, de los bosques oscuros como una mancha contra el cabo, de las flores en el árbol que ví al pasar, y más, de una inmensa caverna en la que mis identidades-que eran como antiguas recogedoras de algas-murmuraban indiferentes e íntimas...y esta otra identidad independiente en el coche, agarrando el pomo frío de su paraguas, pensando en un barco, en las cuerdas tiesas de pintura blanca, en los impermeables de los marineros, mojados, aleteando contra el viento...¿Será posible llegar a estar en paz consigo misma? ¿Siempre tranquila y sin interrupciones-sin dolor-bajo el mismo techo que la persona a la que se ama? ¿Es demasiado pedir?


No somos hombres ni mujeres, somos un compuesto de ambos. Escojo al hombre capaz de desarrollar y ampliar lo masculino que hay en mí; él me escoge para ampliar lo femenino que hay en él. Para "completarnos". Sí, se trata de un proceso. Por el amor os serviréis el uno del otro. y si escojo a un hombre determinado para este fin en vez de a varios, es por seguridad. Nos unimos en un círculo que es, por así decirlo, un muro contra el mundo exterior. Es nuestro refugio, nuestro asilo.Aquí no se recurre a los engaños de la vida. Aquí se da la que nos permite crecer.

Es evidente que ambos fragmentos(así como otros del Diario) remiten a las mejores piezas narrativas de la propia Virginia Woolf: Orlando, Las olas, Al Faro...
El primer fragmento nos da una idea de la tremenda dicotomía que operaba en la mente de Katherine, una mujer enfermiza que siempre sospechó que sus problemas de salud tenían su origen en la turbiedad de su mente, una mente panteísta y pansexual como la de su amigo D.H. Lawrence. Una mente que sólo lograba cristalizar sus orgasmos telúricos a través de la escritura, aunque no a través del escándalo sino delmisterio.
¿Estoy sugiriendo con esto que las mejores ideas novelísticas de Virginia fueron copiadas o imitadas del Diario de Mansfield?
No, digamos sólo que hasta la aparición, eclosión y muerte de Katherine Mansfield, Virginia Woolf era sólo una novelista y ensayista con gran talento y gran proyección de futuro. El Diario, los relatos de Katherine, y la lectura de Proust hicieron el resto. Después de todo, la imitación en el arte y la literatura siempre ha sido algo legítimo desde los griegos. André Gide, en un ensayo sobre la influencia en la literatura escribió:

Se cuenta que Pushkin un día le dijo a Gogol: "Mi joven amigo, el otro día me ha venido a la cabeza un tema, una idea que yo creo admirable, pero con la cual sé muy bien que yo nunca podré hacer nada. Debería usted tomarla. Conociéndole bien, me parece que usted haría alguna cosa con ella"-¡Alguna cosa! Efectivamente, a partir de esa idea, de ese pequeño germen que brotó de la mente de Pushkin, Gogol escribió nada menos que Almas Muertas a la cual él debe su gloria.

Gran parte de la gloria de Virginia se la debe a Katherine, esa salvaje neozolandesa de Wellington que nunca llegó adaptarse a la estéril y racionalista Europa, que sólo tenía como ambición escribir relatos transparentes como el cristal y adoptar a un niño recién nacido ruso y llamarlo Antón en homenaje a su único dios literario: Chéjov.


"Diarios" de Katherine Mansfield(1888-1923), Editorial Lumen, 2008.
18.90 euros

NERVAL Y EL SOL NEGRO DE LA MELANCOLIA


Los pelos del culo forman un poema simbólico, filosófico y plástico dividido en tres partes. La primera parte comprende la antigüedad griega, en la cual las mujeres tenían costumbre de depilarse. Vemos ahí a la Venus símbolo de la voluptuosidad y a la Psique símbolo de la ignorancia, dos estados del amor, y, por decirlo así, el cuerpo y el alma de los pelos del culo. Jasón, huyendo de la Medea depilada, busca el Vellocino de Oro en Asia, esa California del ideal amoroso.
La segunda parte comprende la Edad Media, los cuadros del Tiziano, la santa desnudez del arte que diviniza el cuerpo y reacciona por medio del esplendor de lo bello y lo verdadero contra el catolicismo de los Gregorio VII.
La tercera parte, finalmente, comprende la edad moderna, la edad hipócrita que no se atreve a reconocer la verdad y contemplar el desnudo. Así se pasa, una tras otra, por la edad de oro, la edad de plata, la edad de hierro; la mitología, el catolicismo y la Biblia, la ingenuidad griega, la serenidad antigua y la gazmoñería actual.


©Gérard de nerval(1808-1855)


Quien haya leído a Nerval sabe que sus heroínas literarias son sólo proyecciones de una Isis que modelaba su ideal femenino: todas las mujeres que de algún modo le remitiesen a la figura idílica de su madre que murió cuando él solo era un niño de siete años. Según una leyenda que forjó el propio Nerval, su madre fue salvada por el Emperador Napoléon al hallarla entre cadáveres en un puente sobre el Beresina. 
Su Madre, como una Virgen María; el Padre, como el Mesías de turno. Y el niño Gérard como producto de una Divina Concepción. 
En realidad, su verdadero padre fue un médico del Ejército a quién siempre respetó, pero nunca veneró(talvez porque, en sus sueños, es decir, en su segunda vida, su padre no era más que un Cornudo).
Adriana, Silvia, Aurelia, Angélica, Pandora...las Hijas del Fuego, el fuego que alimentaba su alquimia verbal, eran metonimias de aquella Isis, aquella Venus, aquella Psique depilada que representaban la ingenuidad griega, la serenidad antigua. Toda la obra de Nerval, su estilo, está impregnada de esa misma ingenuidad y serenidad, tanto en su poesía, en su teatro como en sus novelas o relatos de viajes. En vida, sólo se enamoró perdidamente de una mujer real, una actriz inglesa llamada Jenny Colon, opulenta como una figura femenina del Veronese y que tenía la frescura y el perfume de las rosas de Ofelia. Sin embargo, no está claro que hubiese habido algún contacto carnal entre ellos. No consta en ningún sitio que el poeta hubiese contemplado sus pelos íntimos o su desnudez depilada...
Nerval, siempre romántico, dandy, extravagante, compró- pensando en Jenny- una inmensa cama estilo Renacimiento, digna de una Diana de Poitiers o una Margarita de Valois que apenas cabía en su apartamento. En esa cama no se acostó nunca ni Jenny ni el propio poeta, ni nadie. O talvez haya comprado el mueble de madera finamente esculpida sólo obedeciendo a su fiebre de coleccionista,(también coleccionaba bibelots) objetos que al final regalaba a sus amigos o a cualquier vagabundo que le despertase alguna simpatía. Como sucede siempre en estos casos, la actriz prefirió casarse con un diplomático y falleció prematuramente en 1841. Nerval empieza a escribir cartas y cartas ahora dirigidas a una Jenny astral, otra proyección más de Isis.
Para consolarse de aquella muerte, el poeta inicia una larga peregrinación hacia Oriente, Jasón que huye de la Medea depilada en busca del Vellocino de Oro. "En el Cairo-según Ramón Gómez de la Serna- vive en una casa típica, se corta los cabellos y la barba al estilo del país, y anda por la calle perdido entre los indígenas, pues lleva el vestido de musulmán, descolorido y viejo de un cualquiera.(...)Se siente joven en ese rincón de Oriente donde reposa. Se enciende su naturaleza en una segunda consumación y hasta se enamora de una rubia Salema con la que por fatalidades insubsanables no puede casarse." En Constatinopla vivió gloriosos días de sensualidad en el harén de un Sultán. Talvez en Constantinopla concibió a los pelos del culo como un poema simbólico, filosófico y plástico...Nerval tenía esa ubicuidad espiritual que lo mismo le convertía en un pagano en Grecia o en Roma, un musulmán en Egipto o un monje budista o franciscano.
Oriente, los bosques de Valois, la Selva Negra, Alemania...fueron sus refugios espirituales. No era un loco, sino un iluminado pitagórico. Su esquizofrenia paranoica tenía más de exaltación mística, de euforia profética, aunque nunca se creyó nada, ni siquiera un poeta, sólo le interesaba el dinero para sus viajes o para gastarlo en la bohemia con sus amigos, que siempre fueron muchísimos: Gautier, Balzac, Alousius Bertrand, Arsène Houssaye, Baudelaire, Dumas,Berlioz, Catulle Mèndes, Goethe,etc.Al parecer, tenía fama de ser un fino humorista, además de un vividor de tabernas donde disfrutaba bebiendo, cantando y comiendo entre la chusma de París. Alejandro Dumas cuenta que una vez le mandó un giro con dinero a Nerval para que se reuniera con él en Francfort y así concebir el proyecto de una obra teatral. Gérard dejó plantado a Dumas durante varios dias porque se gastó todo el dinero en la compra de un mueble en una tienda de antigüedades. Al autor de La Reina Margot no le quedó más remedio que enviarle otro giro.
Una helada noche de invierno se apareció en casa de Gautier sin su paletó porque lo había empeñado para comprarse un anillo cabalístico. Y una tarde le dió por teñirse el pelo de rosa y pasearse por las calles de París llevando a una langosta atada con una cinta como si fuese un perrito. De sus amigos, fue Teóphile Gautier quien mejor lo definió: "como las golondrinas ,cuando uno deja una ventana abierta, entraba, se posaba dos o tres veces, pero retomaba el vuelo para seguir con sus ensoñaciones en plena calle."
La noche antes de colgarse con su propio cinturón en el calle de la Vieille Lanterne, estaba escribiendo El Sueño y la Vida. Se cansó de inventar recuerdos en vida. Se cansó de las reclusiones en el manicomio del Doctor Blanche. Se cansó de ir al Zoológico para contemplar estúpidamente al hipopótamo. Se cansó de ver al Otro, a él mismo en cada rincón de París, ya sea vestido de Napoleón, ya sea vestido de vagabundo harapiento. Se cansó de ver en cada esquina a una mendiga en forma de Aurelia, una Aurelia nimbada de estrellas. 
Nerval, que tanto disfrutaba contemplando amaneceres, no pudo acostumbrarse a ver el sol negro de la melancolía.

El sol negro de la melancolía,
los pelos del culo, la Selva Negra,
el sexo de Jenny
o
ese fúnebre murciélago de alas extendidas que profana toda blancura
en la esfera del vientre...
-según los versos de Efrén Rebolledo.




Tumba de Gérard de Nerval(1808-1855) en el cementerio de Père Lachaise, París.

EL LIBRO DE NUESTRA VIDA



Todos tenemos un libro que, en la infancia o adolescencia,sella nuestro destino. En este caso, es el libro quien nos lee como un quiromántico las rayas de la mano o una pitonisa la bola de cristal.Y nos condena a lo que seremos. Ese libro ya contiene nuestros amores o ausencia de amores, nuestras victorias o derrotas, nuestras resurrecciones y hasta cómo sería nuestro final...Para Oscar Wilde ese libro fue "Esplendor y miseria de las cortesanas" de Honoré de Balzac, la trágica historia del joven Lucien de Rubempré, un ambicioso provinciano, aspirante a gran poeta y dandy, que lo quería todo de París y al final terminó ahorcándose en su celda,vituperado y abandonado por todos los que antes admiraban su belleza y sus poemas en los salones de París. Oscar Wilde, de cierto modo, también era un provinciano de Dublín y lo quería todo del Londres victoriano:ser reconocido como un gran poeta, un gran dandy y provocador social... No terminó suicidándose en su celda de la cárcel de Reading, pero la dureza y las penalidades de la vida en prisión provocó su temprana muerte. La novela de Balzac finaliza con el funeral de Lucien de Rubempré en la iglesia de Saint Germain-de-près y su posterior entierro en el cementerio de Père Lachaise. La misa fúnebre por Oscar Wilde también se celebró en esa iglesia, y su cuerpo finalmente tuvo su última morada también en Père Lachaise...


           Tumba de Oscar Wilde en el cementerio de Père Lachaise, Paris                                        .